Un átomo. Un diminuto y en apariencia insignificante átomo de oxígeno es lo único que distingue el dióxido del monóxido de carbono. El primero es el que expulsamos durante el proceso de respiración; el segundo, muy tóxico, el que resulta de una mala combustión y que puede llegar a causar la muerte si se inhala durante un largo tiempo en algún lugar cerrado.

 

También las personas vivimos con ese algo pequeño capaz de cambiarlo todo. Suele ser  un espacio de tiempo, y aunque normalmente recordamos el día en que todo dio un vuelco, perfectamente podríamos reducirlo a un minuto, incluso a un solo segundo. Ese instante único en el que alguien se despide para siempre, nos dan la sorpresa de nuestra vida o notamos que el corazón late más rápido de lo habitual. Una sonrisa casi inapreciable, un gesto que no pasa desapercibido o un susurro que con dificultad llegamos a comprender. Cualquier detalle puede cambiarlo todo.

 

De pequeño no era muy bueno jugando a fútbol. Sin embargo, tenía claro que cada movimiento contaba, que cada pase, acertado o no, cada vez que tocaba el balón o lo dejaba pasar, era imprescindible para lo que sucediera después. Gracias a esa forma de pensar, dejaba de ser un negado para convertirme en un minúsculo átomo sin el que no existiría aquella molécula llamada equipo.

 

Muchos no dejamos de buscar ese pequeño detalle que cambie las cosas. Nos fijamos en aspectos secundarios y les damos la importancia que merecerían si realmente consiguieran transformar nuestro entorno. La buena noticia es que nos quedan muchos segundos por delante; la mala, que un simple átomo puede convertir lo habitual en algo tóxico.

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